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Recordar bailando
No falta un familiar que invoca en estos tiempos navideños a las grandes orquestas, especialmente a las que inspiran al baile “hot dance music”, también llamado jazz bailable.
Desde lo profundo del mar que divide Inglaterra de Francia se escucha para bailar In the Mood o Serenata a la luz de la Luna. Un 15 de diciembre de 1944 muere en el Canal de la Mancha el trombonista estadounidense Gleen Miller. El ejercito estadounidense lo había convocado para integrarse a la Segunda Guerra Mundial. La tragedia de su muerte aún sigue siendo un misterio, numerosas teorías se han escrito. En 1954 se estrenó la película Música y lágrimas, del director Anthony Mann, la historia es un homenaje a Miller. Su música siempre estará presente en cualquier época, y desde luego nos hace pensar en los mejores pasos de baile de esa generación que sigue recordándolo.
Germán Montalvo
En algún punto de la década de los cuarenta apareció una muchacha de Newark con un timbre único. Sarah Lois Vaughan, hija de un carpintero que tocaba la guitarra después del trabajo y de una madre que cantaba himnos los…
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Hay artistas cuya obra no solo documenta una época, sino que la explica, como Herman Leonard. Durante más de medio siglo, este fotógrafo estadounidense convirtió la penumbra de los clubes nocturnos en una revelación estética y moral. Allí, entre humo, sudor y música improvisada, Leonard encontró el escenario perfecto para fijar en la memoria visual del siglo XX el rostro irrepetible del jazz.
Nacido en 1923 en Allentown, Pensilvania, hijo de inmigrantes judíos rumanos, Leonard creció en una América que aún no imaginaba el poder cultural que alcanzaría su música popular. La Segunda Guerra Mundial interrumpió su juventud: sirvió como técnico médico en Birmania, junto a tropas chinas que combatían al ejército japonés. Aquella experiencia, marcada por la fragilidad humana y la cercanía de la muerte, dejó en él una mirada atenta al instante, al gesto mínimo, a la dignidad que persiste incluso en circunstancias extremas.
Tras la guerra, estudió fotografía en la Universidad de Ohio, entonces la única institución en Estados Unidos que ofrecía un grado formal en esa disciplina. Más tarde fue aprendiz de Yousuf Karsh, el gran retratista de líderes y celebridades. De Karsh heredó el rigor técnico y el respeto por el retrato, pero pronto Leonard eligió un camino menos solemne y más visceral.
En 1948 abrió su estudio en Greenwich Village, Nueva York. No tenía dinero para pagar la entrada a los clubes de jazz de la calle 52, así que hizo un trueque tan simple como audaz: fotografías a cambio de acceso. Los músicos aceptaron encantados. Así comenzó una relación de complicidad entre el fotógrafo y los artistas que definirían una era. Leonard no era un intruso; era un testigo silencioso.
Sus imágenes de Billie Holiday, Charlie Parker, Miles Davis, Duke Ellington o Nat King Cole no son meros retratos promocionales. Son escenas íntimas, capturadas en el momento exacto en que el músico parece dialogar consigo mismo. El humo espeso, la luz oblicua, el fondo casi inexistente: todo contribuye a un clima de concentración y soledad compartida. Leonard comprendió que el jazz no se toca para el público, sino contra el tiempo.
Técnicamente, su trabajo era una proeza. Utilizaba una pesada cámara Speed Graphic de gran formato y apenas podía disparar unas cuantas placas por noche. Colocaba un flash detrás del músico, creando un halo luminoso, y otro a un costado del escenario. El resultado era una iluminación dramática, casi teatral, que hoy reconocemos como su firma visual. Cada disparo era una decisión irreversible.
Su carrera no se limitó a Nueva York. Trabajó para revistas como Life, Esquire y Playboy, fue fotógrafo personal de Marlon Brando en un viaje por Asia y se estableció en París, donde colaboró con Barclay Records y retrató a figuras como Jacques Brel y Charles Aznavour. Más tarde incursionó en la moda y el fotoperiodismo, sin abandonar nunca su vínculo con la música.
En 1980 se mudó a Ibiza y luego a Londres, donde una exposición sobre su trabajo jazzístico atrajo a miles de visitantes y reavivó el interés por su obra. Finalmente encontró su hogar en Nueva Orleans, ciudad cuya tradición musical parecía prolongar la suya. Allí vivió catorce años, hasta que en 2005 el huracán Katrina destruyó su casa y su estudio. Miles de fotografías se perdieron, pero sus negativos —resguardados en un museo— sobrevivieron. Fue una tragedia material y, al mismo tiempo, una confirmación de que lo esencial había resistido.
En sus últimos años, ya instalado en California, Leonard vio cómo su archivo era digitalizado gracias a una beca de la Fundación GRAMMY. Su obra ingresó a los archivos permanentes del Instituto Smithsoniano y fue celebrada con exposiciones retrospectivas y premios, entre ellos el Lucie Award, entregado por su amigo Tony Bennett. Murió en 2010, consciente de haber cumplido una misión.
Decir que Herman Leonard fue el mejor fotógrafo de jazz no es una exageración retórica, sino una constatación histórica. Sus imágenes no solo muestran a los gigantes del género; nos enseñan cómo se veía la libertad cuando aún se tocaba en clubes pequeños y se desvanecía con la última nota. En tiempos de ruido digital y sobreexposición, su obra nos recuerda que a veces basta un destello de luz para hacer eterno un instante.

La serie Jazz, del pintor francés Henryi Matisse, compuesta por veinte collages es uno de los símbolos más representativos del arte moderno. Está presente como un referencia de la libertad de la forma y el color, la improvisación, la espontaneidad, de la misma manera como se define el jazz. Pero esta serie que lleva el título de jazz en realidad alude formalmente al circo, otra de las disciplinas en las cuales, color, movimiento, geometría, mimética, aluden al malabarismo del jazz. Matisse la realizó en 1947 teniendo como herramienta tijera y papel. El domingo pasado en la exposición Del libro al museo, en la Biblioteca Pública Mario de Andrade, en Sao Paulo, Brasil, ocho de las piezas de la serie Jazz de Matisse fueron robadas.
Germán Montalvo
Anoche, en el siempre sorpresivo foro de Sibarita, Rafa Barrera presentó su “Jazz Trío” con un concepto que él mismo define como México reimaginado. El pianista, acompañado por su bajo y bataco, cuyo talento suplió la falta de presentaciones formales, ofreció un set que mezcló irreverencia, virtuosismo y esas ganas de experimentar que tanto escasean en la escena local.
En pleno arranque de las fiestas decembrinas, el trío decidió jugar con el repertorio navideño sin caer en lo obvio ni en lo cursi. “Little Drummer Boy” se transformó en una pieza sincopada, casi hipnótica, donde el piano llevaba la melodía a terrenos más oscuros. “Los Peces en el Río” ganó un carácter casi cinematográfico, mientras que “Los Tres Reyes Magos” derivó en una improvisación libre que desarmó y rearmó el tema original como si fuera un rompecabezas creado por Picasso.
Pero el momento más inesperado llegó con “Zombie” de The Cranberries. Un clásico noventero convertido en jazz experimental podría sonar a disparate sobre el papel, pero en vivo funcionó: una mezcla peculiar, sí, pero ejecutada con una convicción que terminó por conquistar la noche.
Miles Jazz Club nace para que los amantes del jazz, los músicos y quienes gustan de este género musical, tengan un espacio en donde se puedan compartir artículos, música e información que permita preservar al jazz y lo que significa para quienes disfrutamos de este gran movimiento musical.”
Es por esto que nace la idea de hacer este club sin fines de lucro y al alcance de todo aquel que quiera integrarse a éste, para fomentar el compañerismo entre los artistas del jazz y que el público en general, pueda formar parte de este proyecto.
Bienvenidos todos al Miles Jazz Club.