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La genialidad temprana de Miles
…yo era quien dirigía los ensayos de la banda y la mantenía unida. Poner en marcha esa banda me hizo comprender lo que se necesita para tener una gran banda. La gente decía que era la mejor banda de bebop del momento. Así que estaba muy orgulloso de ser su director musical. En 1947 aún no tenía veintiún años y estaba aprendiendo muy rápidamente qué era la música. En 1948 conocí a Dexter Gordon por primera vez en Los Ángeles; era un tipo genial y tocaba como un dios, así que solíamos ir a improvisar juntos.
Miles. La autobiografía. Miles Davis con Quincy Troupe. Simon and Schuster, NY, 1989
Rodolfo Meléndez Sánchez El swing llegó durante la década de 1930 como la música más popular en Estados Unidos. Este estilo surgió dentro del jazz y pronto alcanzó una presencia que acaparó la radio, los salones de baile y la…
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Rodolfo Meléndez Sánchez Durante buena parte del siglo XX, el jazz y la música electrónica avanzaron por rutas distintas, ni siquiera se conocían. El jazz nació dentro de comunidades afroamericanas que tomaron las tradiciones africanas y las unieron a las…
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Agustín Ortiz Durante mucho tiempo etiquetada cómo una especie de David Foster Wallace pop, la Norteamericana Jennifer Egan (1962) ha…
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Estudió economía y fue uno de los mejores tenistas amateurs de Estados Unidos, con el talento suficiente para haber llegado a las grandes ligas del deporte. Sin embargo, la inquietud por explorar el mundo lo llevó al periodismo. No era precisamente un actor social interesado en cambiar la realidad una nota a la vez. Prefería salir, divertirse, mancharse los mocasines de lodo, cavar y meterse al subsuelo. El underground, o mejor dicho los clubes de los años 30 y 40, lo llevaron a descubrir un nuevo idioma que se hablaba con saxo, tarola, teclado y contrabajo: el jazz.
Hizo amistades y le gustaba recordar. Su oficio le colgó al cuello una Speed Graphic con lámpara de magnesio de un solo destello. Con ella registró momentos que terminarían convertidos en parte de la memoria cultural de una época. Así fue como William P. Gottlieb se convirtió en fotógrafo.
Ya habíamos dicho que Gottlieb era inquieto. Lo que comenzó como un pasatiempo y un pretexto para salir a beber con sus amigos jazzistas pronto se transformó en un oficio. Siguiendo su formación como periodista, consiguió un puesto en Down Beat, donde escribía artículos y publicaba fotografías. También colaboró con Saturday Review y con Collier’s, una de las revistas más prestigiosas de su tiempo. Antes de cumplir 30 años ya era un referente detrás de la cámara.
Pero la guerra y la política suelen interrumpir cualquier camino. En 1943 tuvo que pausar su trabajo en los clubes para convertirse en periodista de guerra. Para 1948 decidió que había tenido suficiente y regresó a casa. Decía que quería pasar más tiempo con su familia y alejarse del humor, el licor y la madera de los escenarios. Usó la fotografía con fines más lúdicos y académicos y volvió al tenis, esta vez junto a su hijo Steven, con quien formó uno de los dúos semiprofesionales más respetados del país.
Sin embargo, el verdadero punto de quiebre llegó con una imagen. En febrero de 1947 publicó en Down Beat lo que muchos consideran su obra más célebre: una fotografía de Billie Holiday en plena actuación. La imagen, tomada en contrapicada, capturaba a la cantante con los ojos entornados mientras sostenía una nota, como si pudiera ver el sonido frente a ella. El fondo negro le daba aún más presencia a una de las voces más profundas del jazz.
Pero detrás de esa fotografía hay otra historia. Cuando Holiday intentaba volver a los escenarios después de que su adicción afectara su carrera, Gottlieb la encontró una noche en Nueva York, desnuda y ahogada en alcohol en su camerino. La ayudó a vestirse y la llevó al escenario. Aquella presentación fue terrible. Por solidaridad, guardó la cámara. En ese instante comprendió que la edad de oro del jazz estaba llegando a su fin.
Gottlieb murió en abril de 2003. Fue un personaje singular, uno de esos que terminan formando parte de su propio arte. Practicaba tenis a nivel semiprofesional y tenía fama de ser una persona generosa. Antes de morir donó su obra a la Library of Congress, dejándola en dominio público. Gracias a esa decisión, las imágenes de la Edad de Oro del Jazz siguen vivas en blanco, negro y memoria.

Dave Holland (Inglaterra 1946), es una figura destacada en el mundo del jazz. En 1981 participó en el festival suizo de jazz en Willisau. Ese mismo día, el 4 de abril, tocó Ron Carter, otra gran estrella del contrabajo. El cartel que anunció ese concierto fue diseñado por Niklaus Troxler (Suiza,1947), fanático de la música, que junto a su familia y amigos dieron vida al Willisau Jazz Festival. En la presentación del libro Jazz Blvd. Niklaus Troxler Posters, editado por Lars Múller Publishers, 1999, David Holland comenta: Me vienen a la mente tantas imágenes geniales. Una vez estuve allí para dar un concierto en solitario como parte de un programa doble con el Ron Carter Quartet. Cuando llegamos al vestíbulo, la imagen que nos recibió fueron aproximadamente 20 carteles grandes alineados a lo largo de las puertas de entrada, cada uno con un bajo lila sobre un fondo amarillo con un brazo en cada hombro tocando las cuerdas.
Germán Montalvo
La noche del jueves 15 de enero en el Jazz Room de Sibarita tuvo ese aire discreto que solo el jazz sabe imponer cuando se escucha con atención. No hubo estridencias ni necesidad de anunciarlas. Bastó que el Brandon Hernández Jazz Trío tomara sus lugares para que el espacio, íntimo y casi a oscuras, se ordenara alrededor del sonido.
Abrieron con Bolivia, de Cedar Walton, y desde los primeros compases quedó claro que no se trataba de una ejecución mecánica, sino de una conversación medida. El bajo marcó el pulso con una serenidad firme; la batería, contenida, parecía más sugerir que afirmar. El piano —siempre atento— tejía las frases sin prisa, dejando respirar cada idea.
Stella by Starlight, atribuida aquí a Benny Wolson, fue el punto de mayor recogimiento. El trío optó por una lectura sobria, casi introspectiva, que obligó al público a escuchar sin distracciones. Nadie habló. Nadie interrumpió ese pacto silencioso entre músicos y oyentes.
Con Wee See, de Thelonious Monk, llegó el cierre: irregular, juguetón, ligeramente incómodo, como debe ser. Las síncopas y los silencios fueron tan importantes como las notas mismas. Al final, los aplausos no rompieron el clima; lo confirmaron. Fue una noche breve, precisa, y por eso mismo memorable.
Miles Jazz Club nace para que los amantes del jazz, los músicos y quienes gustan de este género musical, tengan un espacio en donde se puedan compartir artículos, música e información que permita preservar al jazz y lo que significa para quienes disfrutamos de este gran movimiento musical.”
Es por esto que nace la idea de hacer este club sin fines de lucro y al alcance de todo aquel que quiera integrarse a éste, para fomentar el compañerismo entre los artistas del jazz y que el público en general, pueda formar parte de este proyecto.
Bienvenidos todos al Miles Jazz Club.