Estudió economía y fue uno de los mejores tenistas amateurs de Estados Unidos. Todo apuntaba a que podía dar el salto a las grandes ligas del deporte, pero la inquietud por hacer cosas y conocer el mundo lo llevó por otro camino: el periodismo. No era precisamente un actor social interesado en cambiar el panorama una nota a la vez. Le atraía más salir, divertirse, ensuciarse los mocasines, cavar y meterse al subsuelo. Ese mundo —el underground de los clubes de los años 30 y 40— le reveló un nuevo idioma, uno que se hablaba con saxo, tarola, teclas y contrabajo: el jazz.
Hizo amistades, acumuló historias y encontró una forma de recordarlas. Su oficio le colgó al cuello una cámara Speed Graphic con lámpara de magnesio de un solo destello. Con ella empezó a fijar momentos en el tiempo, como si los tatuara. Así, William P. Gottlieb terminó por convertirse en fotógrafo.
Gottlieb era inquieto. Lo que empezó como un pretexto para salir a beber con sus amigos jazzistas pronto se volvió un trabajo formal. Siguiendo su línea periodística, consiguió un puesto en Down Beat, donde escribía y publicaba fotografías. También colaboró con Saturday Review y con Collier’s, una de las revistas más prestigiosas de su época. Antes de cumplir 30 años ya se había vuelto un referente de la imagen.