Estudió economía y fue uno de los mejores tenistas amateurs de Estados Unidos, con el talento suficiente para haber llegado a las grandes ligas del deporte. Sin embargo, la inquietud por explorar el mundo lo llevó al periodismo. No era precisamente un actor social interesado en cambiar la realidad una nota a la vez. Prefería salir, divertirse, mancharse los mocasines de lodo, cavar y meterse al subsuelo. El underground, o mejor dicho los clubes de los años 30 y 40, lo llevaron a descubrir un nuevo idioma que se hablaba con saxo, tarola, teclado y contrabajo: el jazz.
Hizo amistades y le gustaba recordar. Su oficio le colgó al cuello una Speed Graphic con lámpara de magnesio de un solo destello. Con ella registró momentos que terminarían convertidos en parte de la memoria cultural de una época. Así fue como William P. Gottlieb se convirtió en fotógrafo.
Ya habíamos dicho que Gottlieb era inquieto. Lo que comenzó como un pasatiempo y un pretexto para salir a beber con sus amigos jazzistas pronto se transformó en un oficio. Siguiendo su formación como periodista, consiguió un puesto en Down Beat, donde escribía artículos y publicaba fotografías. También colaboró con Saturday Review y con Collier’s, una de las revistas más prestigiosas de su tiempo. Antes de cumplir 30 años ya era un referente detrás de la cámara.
Pero la guerra y la política suelen interrumpir cualquier camino. En 1943 tuvo que pausar su trabajo en los clubes para convertirse en periodista de guerra. Para 1948 decidió que había tenido suficiente y regresó a casa. Decía que quería pasar más tiempo con su familia y alejarse del humor, el licor y la madera de los escenarios. Usó la fotografía con fines más lúdicos y académicos y volvió al tenis, esta vez junto a su hijo Steven, con quien formó uno de los dúos semiprofesionales más respetados del país.
Sin embargo, el verdadero punto de quiebre llegó con una imagen. En febrero de 1947 publicó en Down Beat lo que muchos consideran su obra más célebre: una fotografía de Billie Holiday en plena actuación. La imagen, tomada en contrapicada, capturaba a la cantante con los ojos entornados mientras sostenía una nota, como si pudiera ver el sonido frente a ella. El fondo negro le daba aún más presencia a una de las voces más profundas del jazz.
Pero detrás de esa fotografía hay otra historia. Cuando Holiday intentaba volver a los escenarios después de que su adicción afectara su carrera, Gottlieb la encontró una noche en Nueva York, desnuda y ahogada en alcohol en su camerino. La ayudó a vestirse y la llevó al escenario. Aquella presentación fue terrible. Por solidaridad, guardó la cámara. En ese instante comprendió que la edad de oro del jazz estaba llegando a su fin.
Gottlieb murió en abril de 2003. Fue un personaje singular, uno de esos que terminan formando parte de su propio arte. Practicaba tenis a nivel semiprofesional y tenía fama de ser una persona generosa. Antes de morir donó su obra a la Library of Congress, dejándola en dominio público. Gracias a esa decisión, las imágenes de la Edad de Oro del Jazz siguen vivas en blanco, negro y memoria.