
Sarah Vaughan: la voz que cruzó la noche
En algún punto de la década de los cuarenta apareció una muchacha de Newark con un timbre único. Sarah Lois Vaughan, hija de un carpintero que tocaba la guitarra después del trabajo y de una madre que cantaba himnos los domingos, se formó entre bancos de iglesia y un piano vertical que aprendió a tocar desde los siete años. Pero no fue en el templo donde encontró su destino, sino en el escenario feroz del Apollo Theatre, donde el público era exigente y abucheaba a los novatos sin talento. Allí, con apenas dieciocho años, se plantó y cantó Body and Soul. Un instante bastó: primero el silencio, luego el rugido. Ganó. Y alguien tomó nota: Billy Eckstine.

A partir de ese momento la historia dejó de comportarse con moderación. Eckstine la llevó con Earl Hines, padrino involuntario del bebop. Allí, entre Parker, Gillespie y un puñado de músicos que afinaban los cimientos del jazz moderno, Vaughan apareció no como adorno, sino como igual. Tocó el piano, cantó, observó, absorbió. Poco después, Eckstine fundó su propia banda y ella lo siguió, grabó su primera canción y recibió un apodo que la acompañaría durante décadas: Sassy.
Al dejar la seguridad de las big bands, adoptó la vida nómada del club pequeño. La 52nd Street la escuchó moldear las melodías con un fraseo que parecía venir de un instrumento y no de una garganta. Cuando grabó Lover Man con Parker y Gillespie, su reputación se disparó: ya no era la joven que sorprendía, sino una intérprete de lo más fina.

La fama, sin embargo, nunca la comprometió con un solo camino. Se movió entre el jazz más exigente y el territorio de la canción popular. Algunos puristas se desconcertaron, pero las listas respondieron: Tenderly, It’s Magic, Black Coffee. Más tarde, Whatever Lola Wants y Mr. Wonderful. Sus críticos discutían mientras ella ampliaba su audiencia sin perder un gramo de técnica. En esa época su esposo y mánager, George Treadwell, pulió su presencia escénica, aunque el matrimonio terminó mal y con resentimientos convertidos en declaraciones incómodas.
En los sesenta y setenta la balanza regresó al jazz. Grabó con Oscar Peterson, Zoot Sims, J.J. Johnson, Ron Carter, Herbie Hancock. Su voz —esa criatura extraña, capaz de moverse desde un registro grave hasta un agudo limpio— no se marchitó con el tiempo; se volvió más oscura, más profunda, como si la edad afinara sus bordes. Gershwin Live! le dio un Grammy cuando ya rondaba los sesenta y seguía llenando salas sin esfuerzo.

Murió en 1990, dejando un silencio pesado. Mel Tormé, que la admiró desde el primer día, dijo que poseía el mejor instrumento vocal que había escuchado en su vida. Tal vez tenía razón. O tal vez no importa. Lo que queda es la estela: una mujer que convirtió la voz en materia indomable y cambió la manera en que el jazz respira.



