
La Haine: Dispara Vinz
Rodolfo Meléndez Sánchez
El odio se estrenó en 1995 bajo la dirección de Mathieu Kassovitz y quedó fijada como un retrato amargo de la periferia parisina. La película sigue un lapso de veinticuatro horas en un suburbio donde la vigilancia, la desconfianza y la violencia forman parte del paisaje cotidiano. Hay tiempo que avanza y cuerpos que cargan con las consecuencias.

El punto de partida es una agresión policial. Abdel Ichah, un joven del barrio, queda en coma tras ser golpeado en una comisaría. El hecho desata protestas, enfrentamientos y un clima de tensión que se extiende por calles, edificios y estaciones de transporte. La respuesta institucional refuerza el aislamiento. La historia se despliega desde ese estado de alerta permanente.
Vinz, Saïd y Hubert recorren ese espacio sin horizonte claro. Cada uno responde de forma distinta al entorno. Vinz se aferra a la rabia y a la fantasía de poder. Saïd se mueve entre la burla, la provocación y el intento de sobrevivir al día. Hubert busca una salida de las calles y la violencia. Las decisiones se toman en fragmentos, y a base de impulsos.
La pérdida de un arma policial introduce un nuevo eje. El revólver pasa a manos de Vinz y se convierte en objeto de tensión constante. Introduce una expectativa de desenlace. La presencia del arma modifica el comportamiento del grupo. Cada escena queda atravesada por la posibilidad de un disparo. El poder se acumula como amenaza.

La película se alimenta de trayectos. Azoteas, parques, estaciones, departamentos, hospitales, bares, pasillos, escaleras. Los personajes circulan sin control real sobre el rumbo. El movimiento marca desgaste. Cada lugar añade una capa de presión. La ciudad central aparece como territorio ajeno. El paso por París expone distancia social y desprecio.
La violencia policial ocupa un lugar central. Detenciones arbitrarias, humillaciones, golpes, amenazas. El abuso se muestra sin filtro. No hay discurso institucional que lo maquille. La cámara registra prácticas que refuerzan la lógica de castigo. La autoridad aparece como fuerza que impone miedo. La relación entre jóvenes y policía funciona por choque.
El relato incorpora episodios que interrumpen la línea principal. Encuentros con extraños, relatos absurdos, fiestas, galerías de arte, personajes secundarios que entran y salen sin explicación. Esos momentos solo desplazan, pero no alivian la tensión. Muestran una ciudad fragmentada, donde cada sector opera con códigos distintos.

El tiempo aparece como recordatorio constante de que el día se agota. Esa cuenta regresiva no conduce a un final inevitable. El ritmo construye una sensación de espera sin descanso. Cada minuto suma presión.
La muerte de Abdel actúa como detonante final. La noticia no produce ruptura. Vinz queda expuesto frente a la policía. El disparo ocurre sin intención. La consecuencia es definitiva. Hay impacto.
El último enfrentamiento deja a Hubert y a un policía frente a frente, armas levantadas, cuerpos tensos, miradas fijas. Saïd observa sin intervenir. La película se detiene en ese punto. El sonido final corta la imagen. No hay explicación posterior. No hay justicia.

Rodada en blanco y negro, la elección visual elimina distracciones. Los rostros, los muros, los uniformes y el concreto comparten el mismo registro. La etnia no se subraya por color. El conflicto se presenta como estructura.
El odio registra un ciclo donde la violencia genera más violencia. La periferia no aparece como síntoma. Kassovitz construye una obra que documenta un estado social. Expone un mecanismo que sigue activo. El aterrizaje queda fuera de cuadro.




