
Bobby Darin, bombear más rápido que el propio corazón
Rodolfo Meléndez Sánchez
Bobby Darin no conocía la ilusión del tiempo. Desde niño supo —aunque nadie se lo dijera de frente— que su cuerpo no estaba hecho para durar. Nació en 1936, en Nueva York. Su corazón estaba literalmente dañado por la fiebre reumática y una historia familiar donde el silencio y la distancia eran las formas de comunicación predilectas. Creció creyendo que su madre era su hermana y que su abuela era su madre. Décadas después descubriría la verdad. Para entonces, ya había vivido varias vidas.

Su nombre real era Walden Robert Cassotto. Era un chico enfermizo, débil, más acostumbrado a la cama que a la calle. Mientras otros jugaban, él aprendía a tocar instrumentos, escribía canciones y escuchaba discos viejos. No podía hacer otra cosa. La música no fue una vocación romántica, fue una salida.
Cuando llegó el éxito, llegó rápido. “Splish Splash”, en 1958, lo colocó en el centro de la cultura popular estadounidense. Sonaba ligera, incluso boba. Al poco tiempo dio el salto. Tomó “Mack the Knife”, una canción oscura, incómoda, y la convirtió en un éxito masivo. Nadie en la industria pensó que funcionaría. Funcionó demasiado bien. Ganó premios, encabezó listas, llenó clubes. Darin no celebró mucho.

Tenía fama de ser imposible de seguir en el escenario. No por extravagante, sino por preciso. Sabía cuándo entrar, cuándo callar, cuándo cambiar de ritmo. Era profesional hasta el extremo. Otros cantaban para gustar; Darin cantaba como se debía.
El cine llegó como extensión natural del éxito. Ahí conoció a Sandra Dee. Se casaron jóvenes, como se hacía entonces. Tuvieron un hijo. La imagen era perfecta. La vida no. Ella buscaba estabilidad. Él no sabía quedarse quieto. El matrimonio duró seis años. Nadie perdió del todo. Nadie ganó.
El golpe que lo descolocó vino después. Descubrir que había vivido una mentira familiar lo vació. No fue una revelación melodramática; fue algo más seco. A partir de ahí, Darin cambió. Dejó el traje, dejó la comodidad del repertorio seguro. Se acercó al folk, a la protesta, a la política. Marchó por los derechos civiles, habló contra la guerra, apoyó a Robert Kennedy. No era pose. Tampoco estrategia. Era alguien tratando de unir sus propios pedazos.

Se retiró por momentos. Vivió de forma simple, casi anónima. Escribió canciones menos exitosas, más incómodas. Algunas importaron. Otras no. Para él, eso era secundario. La salud volvió a fallar. Cirugías, cansancio, olvidos. Aun así, siguió trabajando. Nunca permitió que el público notara cuánto le costaba subir al escenario.
Murió en diciembre de 1973, con 37 años. No dejó una obra ordenada ni una imagen definitiva. Dejó movimiento. Cambio. Un rastro de decisiones tomadas con prisa. Bobby Darin no intentó ser eterno. Intentó llegar rápido antes de que se apagara la luz.



