
La locura como memoria: Nadie me verá llorar releída hoy
Hay novelas que no se leen: se destripan. Nadie me verá llorar, de Cristina Rivera Garza, pertenece a esa estirpe rara de libros que obligan al lector a cruzar un umbral moral, histórico y estético. Ambientada en el México de finales del Porfiriato y los años convulsos de la Revolución Mexicana, la obra reconstruye, desde los márgenes, una ciudad y un país que preferían no mirarse a sí mismos.

La historia se inicia con un reencuentro perturbador. Joaquín Buitrago, fotógrafo de internos del manicomio de La Castañeda, reconoce entre los rostros deformados por la reclusión a Modesta Burgos, una mujer a la que había retratado años atrás en un burdel. Ese instante —una imagen detenida en el tiempo— desata una obsesión: reconstruir la vida de Modesta y, sin saberlo, enfrentar los escombros de la propia.
Rivera Garza elige una estructura fragmentaria, hecha de expedientes médicos, diarios, fotografías, cartas y memorias. Esta polifonía narrativa no es un capricho formal, sino una declaración ética: la historia de los marginados no puede contarse con una sola voz ni desde una mirada omnisciente. En esa multiplicidad resuena la pregunta central de la novela: ¿quién decide qué es la locura y quién merece ser escuchado?

Modesta Burgos —llamada Matilda en ediciones anteriores— emerge como uno de los personajes femeninos más complejos de la narrativa mexicana contemporánea. Prostituta, paciente psiquiátrica, mujer insumisa, su vida es un continuo forcejeo contra las categorías que buscan fijarla. En ella, la memoria no es nostalgia, es resistencia. Hablar, escribir, recordar se convierten en actos subversivos frente a un sistema que pretende silenciarla.
Joaquín Buitrago, por su parte, encarna al observador derrotado. Adicto al opio, con fracasos sentimentales y desencanto político, su mirada fotográfica intenta capturar lo que la modernidad porfiriana oculta: la miseria, el cuerpo enfermo, la exclusión. Sin embargo, su cámara nunca logra aprehender del todo a Modesta, porque ella pertenece a un territorio que la imagen no domina.

Personajes como Diamantina Vicario, pianista devenida revolucionaria, y el doctor Eduardo Oligochea, representante del positivismo médico, amplían el fresco social de la novela. A través de ellos, Rivera Garza cuestiona los discursos científicos y morales que legitimaron el encierro y la violencia institucional.
Publicada en 1999 y revisitada en su edición conmemorativa de 2024, Nadie me verá llorar es también una reflexión sobre la escritura como acto de justicia tardía. Al rescatar del archivo la voz de Modesta Burgos, la autora desafía a la historia oficial y nos recuerda que toda sociedad se define por la forma en que trata a quienes considera prescindibles.
Leer hoy esta novela es mirar de frente un pasado que aún nos interpela. Porque, como sugiere Rivera Garza, nadie debería volverse invisible para poder sobrevivir.




