
Robert Glasper: Fusión cultural sin salir de casa
Rodolfo Meléndez Sánchez
Robert Glasper no llegó al jazz como un visitante ocasional. Creció dentro del sonido. Su madre, Kim Yvette Glasper, cantante profesional de jazz y blues, lo llevaba a los clubes como parte del equipaje cotidiano. No había niñeras. Había escenario, ensayo, iglesia. En ese circuito temprano se formó una escucha particular: acordes de gospel, armonías litúrgicas, estructuras de jazz. No como mezcla forzada, sino como una sola lengua.

Nacido en 1978, Glasper se formó entre Texas y Nueva York. En la High School for the Performing and Visual Arts y después en The New School, aprendió a tocar dentro de una tradición, pero también a cruzarla. Ahí conoció a Bilal. De esa relación surgió una red que lo conectó con el hip hop, el neo soul y una generación que saltaba entre géneros.
Su carrera temprana fue la del músico confiable: giras como sideman con Christian McBride, Terence Blanchard y Roy Hargrove. Trabajo de oficio. Disciplina. En paralelo, comenzó a grabar su propio material. Mood (2002) y Canvas (2005) mostraron a un pianista sólido, con técnica clara y una idea definida del trío acústico. No había ruptura, pero sí dirección.
El cambio no fue un golpe. Fue una acumulación. In My Element y Double-Booked abrieron una puerta hacia lo eléctrico, hacia el beat, hacia la voz como parte central del discurso. Con The Robert Glasper Experiment, el piano dejó de ser solo instrumento líder para convertirse en centro de operación. El estudio se volvió laboratorio.

Black Radio, en 2012, consolidó ese proceso. No fue solo un disco exitoso. Fue una declaración práctica de que el jazz podía dialogar de frente con el R&B, el rap y la cultura popular sin perder identidad. Glasper no se colocó como invitado en esos mundos. Los integró como parte de su propio lenguaje. El Grammy y las listas de Billboard fueron consecuencias, no objetivo.
Desde entonces, su carrera se movió en varios frentes. Colaboraciones con Kendrick Lamar, Mac Miller, Anderson .Paak, Herbie Hancock, Q-Tip, Talib Kweli. Producción para cine y televisión. Partituras para documentales. Música para narrar historias que no caben en un solo formato. Glasper opera como músico y como artista del sonido.
El vínculo con Miles Davis no es solo estético. Es conceptual. Glasper toma de Davis la idea de reflejar el tiempo presente. No la nostalgia. No el museo. De ahí proyectos como Everything’s Beautiful, donde reinterpreta a Miles desde una lógica contemporánea, con voces, beats y texturas actuales. No homenaje pasivo. Reescritura activa.

Sus residencias en el Blue Note, sus cargos como artista en residencia en festivales y recintos mayores, y la creación de supergrupos como Dinner Party o August Greene, muestran a un músico que trabaja en red. No se presenta como genio aislado. Funciona como nodo. Convoca, conecta, produce encuentros.
Glasper no busca pureza estilística. Reinterpreta Radiohead, Nirvana, Stevie Wonder o Joni Mitchell con la misma naturalidad con la que aborda un estándar. Para él, el repertorio es materia prima. El criterio no es el género, sino la posibilidad de decir algo en el presente.
Con cinco premios Grammy y múltiples nominaciones, su trayectoria no se explica solo por los reconocimientos. Se explica por una ética de trabajo: estar en el lugar donde la música está cambiando. No como testigo, sino como parte del proceso. Robert Glasper no documenta la evolución del jazz. La empuja desde adentro, sin discurso grandilocuente, con el instrumento, el estudio y la colaboración como herramientas centrales.



