Jazz Mexicano

Chano Pozo, ritmo, violencia y fe en el tambor cubano

Rodolfo Meléndez Sánchez

Luciano “Chano” Pozo González nació en 1915 y murió rápido y sin freno: joven. Cien años después de su nacimiento, la música afrocubana sigue regresando a él como a una fuente incómoda. Chano no fue una figura decorativa del folklore. Fue un músico que empujó el tambor hasta hacerlo entrar a territorios donde no era bienvenido.

En la Cuba de los años treinta y cuarenta, muchos instrumentos de origen africano eran rechazados, vigilados o directamente prohibidos. Chano apareció ahí, tocando y bailando, cargando la conga. Para 1940 ya era parte del circuito fuerte de La Habana. Actuaba en el Tropicana, participaba en grandes producciones y se movía entre músicos, bailarines y orquestas. No era un invitado exótico. Era parte de todo.

Venía del carnaval, de la calle, de comparsas donde el ritmo se impone. Tocaba en Lucumí y en Abakuá, cantaba lo que había aprendido. Fundó grupos, pasó por la radio, se volvió reconocible. Vestía trajes blancos, perfumados, impecables. Ritual y elegancia, religión y espectáculo. Todo al mismo tiempo.

El punto de quiebre llegó en 1947, cuando viajó a Nueva York. Ahí el tambor cruzó una frontera real. Chano entró al jazz, incomodando pero tocando. Conoció a Dizzy Gillespie y la relación fue inmediata, directa. No hubo teoría previa. Hubo sonido. La tumbadora se metió en la big band y ya no salió. De esa fricción nació algo nuevo, sin nombre claro al principio, luego llamado cubop.

“Manteca” no fue un experimento de laboratorio. Fue una colisión. Jazz y ritmos afrocubanos funcionando sin jerarquías. Chano también componía, algo poco común para un percusionista en ese contexto. Gillespie lo sabía. Lo dijo sin rodeos: era el mejor tamborero que había escuchado.

Las presentaciones fueron intensas. Carnegie Hall. The Town Hall. Chano tocaba agachado, sudado, hablaba en yoruba, bailaba, regresaba a la orquesta. No actuaba para agradar. Arrastraba al público a su terreno. Algunos lo entendían. Otros no. No importaba.

Vivió poco. Murió asesinado en Harlem en 1948, a los 33 años. No dejó imágenes que alimentaran la mitología. Dejó grabaciones. “Tin Tin Deo”. “Cubana Bop”. “Zarabanda”. Música que sigue ahí.

Décadas después, otros músicos volvieron a ese cruce. El disco Chano y Dizzy! de Poncho Sanchez y Terence Blanchard no intenta reconstruir el origen. Trabaja desde lo que quedó. Es un tributo pulcro, consciente, técnicamente sólido. No hay riesgo, pero sí respeto. No es el incendio. Es la memoria del incendio.

Related Articles

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *