Eventos

E  D  I  T  O  R  I  A  L

No importa de qué color.

Cuando hay instrumentos de música en casa el contagio llega solo. El ejemplo es Steve Winwood (Inglaterra, 1948). En el ambiente del rock, Winwood está considerado como uno de los músicos con mayor formación e influencia del jazz. En edad temprana Winwood acompañaba a su padre que tocaba en una banda de jazz de su ciudad natal Birminham. Se puede decir sin duda alguna que Steve Winwood está entre los primeros cinco músicos que consolidaron la escena del rock a través de influencias bien cimentadas entre las que destaca su virtuosismo como guitarrista y pianista, entre otros instrumentos. La música de Winwood es uno de los grandes legados, es reflexiva, en tiempos bélicos como su versión de Why C´ant We Live Together, que el músico norteamericano Timmy Thomas (1944-2022), compuso en contra de la guerra de Vietnam. En esta canción el órgano de Timmy se hermana con el estilo de Winwood a manera de pacto musical.

Germán Montalvo

Jazz Clásico

Jazz contemporáneo

Para leer … escuchando jazz

    14 enero, 2026

    La locura como memoria: Nadie me verá llorar releída hoy

    Hay novelas que no se leen: se destripan. Nadie me verá llorar, de Cristina Rivera Garza, pertenece a esa estirpe…
    14 diciembre, 2025

    La metamorfosis según el diván: Kafka entre el monstruo, el bebé y el inconsciente

    Cuando uno se acerca a La metamorfosis, suele quedarse con la escena clásica: Gregor Samsa convertido en insecto. Horror, asco,…
    15 noviembre, 2025

    La rebelión de la naturaleza en Frankenstein

    Cuando Mary Shelley escribió Frankenstein; o, el moderno Prometeo, tenía apenas dieciocho años y el mundo atravesaba una fiebre de…

    Películas y Series

      14 enero, 2026

      Huppert bajo Haneke: disciplina, y daño consensuado

      Redacción Isabelle Huppert en The Piano Teacher es alguien que ya llegó antes que todos. No entra en escena: ocupa…
      14 diciembre, 2025

      “La cinta blanca”: Haneke y la anatomía del mal

      Michael Haneke nunca ha sido un director que busque complacer. Para él, el cine no está para adormecer al espectador…
      15 noviembre, 2025

      La tragicomedia de Sean Baker que desmonta el mito de la prostituta redentora

      Hay películas que parecen surgir de los márgenes, donde el cine todavía respira, lejos de la industria que uniforma los…
      15 octubre, 2025

      El Padrino: crimen, familia y maquinaria de sueños en Nueva York y Sicilia

      Nueva York, 1972. Hay una ciudad que respira humo, acero y avenidas como arterias abiertas, donde los cuerpos de los…
      14 septiembre, 2025

      La vida de los otros: la sonata para un hombre bueno

      En 2006, el director alemán Florian Henckel von Donnersmarck estrenó La vida de los otros, una película que pronto alcanzó…
      15 agosto, 2025

      La familia Fabelman y el viaje de Spielberg hacia sí mismo

      Hay películas que se sienten como si te hubieran contado un secreto en confianza, y Los Fabelman es justo eso:…

      Beyond the Blue Por Agustín Ortiz

      Paul Simon y Carrie Fisher

      Herman Leonard

      Hay artistas cuya obra no solo documenta una época, sino que la explica, como Herman Leonard. Durante más de medio siglo, este fotógrafo estadounidense convirtió la penumbra de los clubes nocturnos en una revelación estética y moral. Allí, entre humo, sudor y música improvisada, Leonard encontró el escenario perfecto para fijar en la memoria visual del siglo XX el rostro irrepetible del jazz.

      Nacido en 1923 en Allentown, Pensilvania, hijo de inmigrantes judíos rumanos, Leonard creció en una América que aún no imaginaba el poder cultural que alcanzaría su música popular. La Segunda Guerra Mundial interrumpió su juventud: sirvió como técnico médico en Birmania, junto a tropas chinas que combatían al ejército japonés. Aquella experiencia, marcada por la fragilidad humana y la cercanía de la muerte, dejó en él una mirada atenta al instante, al gesto mínimo, a la dignidad que persiste incluso en circunstancias extremas.

      Tras la guerra, estudió fotografía en la Universidad de Ohio, entonces la única institución en Estados Unidos que ofrecía un grado formal en esa disciplina. Más tarde fue aprendiz de Yousuf Karsh, el gran retratista de líderes y celebridades. De Karsh heredó el rigor técnico y el respeto por el retrato, pero pronto Leonard eligió un camino menos solemne y más visceral.

      En 1948 abrió su estudio en Greenwich Village, Nueva York. No tenía dinero para pagar la entrada a los clubes de jazz de la calle 52, así que hizo un trueque tan simple como audaz: fotografías a cambio de acceso. Los músicos aceptaron encantados. Así comenzó una relación de complicidad entre el fotógrafo y los artistas que definirían una era. Leonard no era un intruso; era un testigo silencioso.

      Sus imágenes de Billie Holiday, Charlie Parker, Miles Davis, Duke Ellington o Nat King Cole no son meros retratos promocionales. Son escenas íntimas, capturadas en el momento exacto en que el músico parece dialogar consigo mismo. El humo espeso, la luz oblicua, el fondo casi inexistente: todo contribuye a un clima de concentración y soledad compartida. Leonard comprendió que el jazz no se toca para el público, sino contra el tiempo.

      Técnicamente, su trabajo era una proeza. Utilizaba una pesada cámara Speed Graphic de gran formato y apenas podía disparar unas cuantas placas por noche. Colocaba un flash detrás del músico, creando un halo luminoso, y otro a un costado del escenario. El resultado era una iluminación dramática, casi teatral, que hoy reconocemos como su firma visual. Cada disparo era una decisión irreversible.

      Su carrera no se limitó a Nueva York. Trabajó para revistas como Life, Esquire y Playboy, fue fotógrafo personal de Marlon Brando en un viaje por Asia y se estableció en París, donde colaboró con Barclay Records y retrató a figuras como Jacques Brel y Charles Aznavour. Más tarde incursionó en la moda y el fotoperiodismo, sin abandonar nunca su vínculo con la música.

      En 1980 se mudó a Ibiza y luego a Londres, donde una exposición sobre su trabajo jazzístico atrajo a miles de visitantes y reavivó el interés por su obra. Finalmente encontró su hogar en Nueva Orleans, ciudad cuya tradición musical parecía prolongar la suya. Allí vivió catorce años, hasta que en 2005 el huracán Katrina destruyó su casa y su estudio. Miles de fotografías se perdieron, pero sus negativos —resguardados en un museo— sobrevivieron. Fue una tragedia material y, al mismo tiempo, una confirmación de que lo esencial había resistido.

      En sus últimos años, ya instalado en California, Leonard vio cómo su archivo era digitalizado gracias a una beca de la Fundación GRAMMY. Su obra ingresó a los archivos permanentes del Instituto Smithsoniano y fue celebrada con exposiciones retrospectivas y premios, entre ellos el Lucie Award, entregado por su amigo Tony Bennett. Murió en 2010, consciente de haber cumplido una misión.

      Decir que Herman Leonard fue el mejor fotógrafo de jazz no es una exageración retórica, sino una constatación histórica. Sus imágenes no solo muestran a los gigantes del género; nos enseñan cómo se veía la libertad cuando aún se tocaba en clubes pequeños y se desvanecía con la última nota. En tiempos de ruido digital y sobreexposición, su obra nos recuerda que a veces basta un destello de luz para hacer eterno un instante.

      Jazz y Diseño

      La vida del jazz

      El negro y blanco es la gama que simboliza la tonalidad del universo del jazz. Espacios enmarcados en una composición que incluye exteriores e interiores definen muchas atmosferas: humo, gente, luces, risas, marquesinas que indican a las estrellas, instrumentos, Close-Up de bocas, manos, gestos, esa globalidad está en Jazz Life, libro editado en 1961 por Burda Druck und Verlag, Offenburg. La hazaña visual de este libro es del fotógrafo norteamericano William Claxton, con textos de Joachim E. Berendt. Jazz Life tiene el atributo de conectarnos de forma inmediata y emotiva a la estética tan particular que sus protagonistas le impregnaron a lo que podemos llamar el panorama de la elegancia del vecindario del jazz. Las imágenes de William Claxton representan el patrimonio del jugo del negro y el blanco: la vaselina de Chet Baker y la garganta de Billie Holiday así lo confirman.

      Germán Montalvo

       

      Lo mejor del JAZZ por Víctor Bernal

        14 enero, 2026

        “Skylark (Alternate Take)” – Carmen McRae

        Aquí no hay seducción. McRae canta como si estuviera resolviendo algo personal frente al micrófono. No estira notas para lucirse…
        14 enero, 2026

        “Minor Move” – Tina Brooks

        Este tema no despega ni quiere hacerlo. Brooks toca como alguien consciente de que el centro de atención no es…
        14 diciembre, 2025

        “Mother of the Future” – Norman Connors (1973)

        Olvídate de los clichés: esto es soul cósmico con sabor a revolución. Connors crea un jazz futurista antes de que…
        14 diciembre, 2025

        “Driva’ Man” – Max Roach (1960)

        Jazz político con látigo incluido (literalmente). Abbey Lincoln canta con una furia contenida que te eriza la piel.
        15 noviembre, 2025

        Robert Glasper – “Afro Blue (feat. Erykah Badu)”

        Glasper agarra un clásico y lo desarma como si fuera arquitecto brutalista. Erykah Badu entra con esa voz que parece…
        15 noviembre, 2025

        Esperanza Spalding – “Good Lava”

        Spalding no toca el bajo, lo posee. “Good Lava” es una bofetada con groove: progresiva, extraña, brillante. Suena como si…

        Video

        Reseña

        La noche del jueves 15 de enero en el Jazz Room de Sibarita tuvo ese aire discreto que solo el jazz sabe imponer cuando se escucha con atención. No hubo estridencias ni necesidad de anunciarlas. Bastó que el Brandon Hernández Jazz Trío tomara sus lugares para que el espacio, íntimo y casi a oscuras, se ordenara alrededor del sonido.

        Abrieron con Bolivia, de Cedar Walton, y desde los primeros compases quedó claro que no se trataba de una ejecución mecánica, sino de una conversación medida. El bajo marcó el pulso con una serenidad firme; la batería, contenida, parecía más sugerir que afirmar. El piano —siempre atento— tejía las frases sin prisa, dejando respirar cada idea.

        Stella by Starlight, atribuida aquí a Benny Wolson, fue el punto de mayor recogimiento. El trío optó por una lectura sobria, casi introspectiva, que obligó al público a escuchar sin distracciones. Nadie habló. Nadie interrumpió ese pacto silencioso entre músicos y oyentes.

        Con Wee See, de Thelonious Monk, llegó el cierre: irregular, juguetón, ligeramente incómodo, como debe ser. Las síncopas y los silencios fueron tan importantes como las notas mismas. Al final, los aplausos no rompieron el clima; lo confirmaron. Fue una noche breve, precisa, y por eso mismo memorable.

        ¡Aquí se vive el JAZZ!

        Acerca de

        Miles Jazz Club nace para que los amantes del jazz, los músicos y quienes gustan de este género musical, tengan un espacio en donde se puedan compartir artículos, música e información que permita preservar al jazz y lo que significa para quienes disfrutamos de este gran movimiento musical.”

        Es por esto que nace la idea de hacer este club sin fines de lucro y al alcance de todo aquel que quiera integrarse a éste, para fomentar el compañerismo entre los artistas del jazz y que el público en general, pueda formar parte de este proyecto.

        Bienvenidos todos al Miles Jazz Club.