
El culto al vinilo
La historia del jazz grabado comenzó a principios del siglo XX con disputas sobre quién registró primero el género. La industria convirtió actuaciones efímeras en documentos capaces de sobrevivir durante décadas, pero también dejó fuera numerosas interpretaciones. En febrero de 1917, The Original Dixieland Jazz Band registró en Nueva York dos piezas que serían consideradas durante años como las primeras grabaciones de jazz, aunque existen registros anteriores y contemporáneos que cuestionan esa versión.

La agrupación, integrada por músicos blancos que habían trabajado en Nueva Orleans, grabó para RCA Victor el 26 de febrero de 1917. La tecnología era limitada. Los músicos debían colocarse a diferentes distancias de una enorme bocina de captación. El baterista quedaba más lejos y el pianista más cerca. El objetivo era conseguir que el dispositivo reprodujera una aproximación al sonido producido por la banda. El resultado permitió publicar “Dixie Jass Band One Step” y “Livery Stable Blues” en mayo de ese año.
El problema apareció desde el principio. Arthur Collins y Byron G. Harlan habían publicado “That Funny Jas Band From Dixieland” en abril de 1917. Borbee’s “Jass” Orchestra había grabado dos canciones casi dos semanas antes que The Original Dixieland Jazz Band, aunque sus discos fueron publicados hasta julio. También existían registros realizados por músicos negros. Charles Prince’s Band había grabado “Memphis Blues” en 1914 y registró “St Louis Blues” en 1915. La clasificación de algunas grabaciones como jazz o ragtime complicó todavía más la disputa.

Durante los años veinte, Nueva York se convirtió en un centro fundamental para la grabación del género. Sellos como Black Swan, Gennett, ARC, OKeh y Paramount llevaron a estudios a músicos de jazz, blues y country. La grabación dejó de ser únicamente un registro. Servía para aumentar la visibilidad de los intérpretes y conseguir mejores contrataciones.
En abril de 1923, Louis Armstrong grabó con King Oliver’s Creole Jazz Band en los estudios Gennett de Richmond. Fueron las primeras de 28 caras que registraría con aquella formación. Las sesiones documentaron el sonido de una banda negra que actuaba regularmente ante el público del Lincoln Gardens de Chicago. Armstrong también trabajó como músico de sesión y participó en grabaciones de Bessie Smith, incluida su versión de “St Louis Blues” en enero de 1925.

La tecnología transformó el proceso. La grabación eléctrica mejoró la reproducción del sonido y la radio llevó las grandes bandas a miles de hogares. Los clubes de Nueva York ofrecieron otro espacio para el jazz. En locales de 52nd Street, músicos como Sidney Bechet, Art Hodes y Earl Hines desarrollaron actuaciones frente a públicos reducidos antes de trasladar parte de esa actividad al estudio.
Las grabaciones en vivo adquirieron especial importancia después. El ingeniero Rudy Van Gelder buscaba registrar la energía de una actuación. El 21 de febrero de 1954 trabajó en Birdland, Manhattan, durante una presentación de Art Blakey, Clifford Brown, Lou Donaldson, Horace Silver y Curly Russell. Las sesiones fueron publicadas posteriormente en tres discos de diez pulgadas. El resultado recibió atención por la presencia sonora conseguida dentro del club.

Van Gelder continuó registrando conciertos de Kenny Dorham, Sonny Rollins, Jimmy Smith y John Coltrane. Décadas después, nuevas publicaciones recuperaron actuaciones que permanecían archivadas. En 2026 aparecieron registros inéditos de Ahmad Jamal, Joe Henderson y Cecil Taylor. Las grabaciones procedían de conciertos realizados durante los años setenta y de una presentación de Taylor en París en 1969.
El caso de Taylor demuestra el valor de estos archivos. Su concierto del 3 de noviembre de 1969 permaneció sin publicación oficial durante décadas. El material contiene dos interpretaciones de “Fragments of a Dedication to Duke Ellington”, registradas durante funciones vespertina y nocturna. La recuperación añadió nuevas piezas a una discografía que parecía cerrada.
El desarrollo del LP desde 1948 permitió registrar interpretaciones más extensas. El formato abrió espacio para actuaciones cercanas a las dimensiones del escenario. Las grabaciones dejaron de ser únicamente una muestra breve de una canción y comenzaron a conservar sesiones completas, conciertos y extensos pasajes de improvisación.
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